Pulse, las leyes de Clarke y la república de los lammers

Llega “Pulse”, una nueva entrega del cine “J-Horror”. Nuestro favorito.

PulseWired le llama J-Horror: pelis japonesas de terror donde los muertos se comunican a través de gadgets electrónicos.

Ya hablábamos de esto cuando estrenaron Llamada Perdida y no podía ahora menos que enlazaros, en espera del estreno de Pulse, una entrevista que acabo de leer a Kiroshi Kurosawa, su director.

Esta nueva entrega del J-Horror cinema pasa ya del móvil y se apunta a la moda del vídeo-Podcast. Y es que el género no es sino la más acabada expresión de una cultura popular escindida entre la superstitio y una tecnología que para venderse quiere ser tan simple como una caja. Y cuando algo es tan simple como una caja -o un sombrero- pero hace cosas maravillosas, sólo puede ser magia. Ya lo decía la tercera ley de Clarke:

Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia

Y parece que vuelve. La magia… Y los fantasmas.

Y no es sólo por esto que nada me parezca más peligroso que ciertas loas de la simplicidad tecnológica. Bajo el discurso de la tecnología simple, se encuentra muchas veces, en realidad, la exaltación de una tecnología para irresponsables.

La industria, lógicamente, quiere fabricar en masa consumidores. Pero para mi el horizonte está en formar ciudadanos activos que colaboren espontáneamente por su propio interés y placer, al modo de la blogsfera o las comunidades de software libre.

En ese marco, la simplicidad en determinados campos, es un discurso adormecedor. Soma para lammers, fantasía de gorrón: pretender ser iguales en beneficios sin el esfuerzo de aportar nada al conocimiento social… Como los niños que se bajan cracks de programas de juegos pero no se les ocurre subir sus trucos, los comentaristas de bitácoras que nunca escribirán la suya pero gritan ¡censura! si sus diatribas no son publicadas en pie de igualdad con los posts del blogger al que comentan, o los que maldicen el software libre por no tener prestaciones específicas que ni siquiera se han molestado en especificar para que otro pueda programarlas. En una palabra: la vagancia y el miedo como formas de egoismo antisocial, opuestas al egoismo colaborativo del mundo devolucionista de las redes distribuidas.

Dos actitudes, dos mundos, que surgirán “espontáneamente“, no en función de un conflicto moral, sino en función de las formas y estructuras que tomen la propiedad intelectual y la comunicación electrónica. Cacharritos, trastos, utilidades, herramientas y cajas incluídas.

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